Me senté, nos sentamos. Nuestras miradas se desviaron al vacío como si algo prohibido existiera en sus ojos. Esa misma fuerza que nos une es, a su vez, la que nos separa (o al menos nuestras miradas).
Me veo al otro lado del espejo. Me veo y se me empapa el alma. ¡Que coraje atrever a mirarse!
El miedo sucumbe cada palabra. El miedo lo sucumbe todo. ¿Es acaso el miedo a fracasar lo que nos frena? Es tan simple como la existencia de grises. Yo soy su blanco o su negro. ¿Por qué conformarse con un gris? ¿Para qué conformarse con un gris? La vida en gris no es ni uno ni otro. Es una constante ambivalencia que funciona solo para quien no sabe lo que quiere.
Mi vida es gris en este momento. Soy consciente de ello y por eso el miedo aparece. El miedo a tender hacia un color. Tender hacia su color. Me propongo pensar en una infinidad de posibilidades pero todas tienen algo en común: el devenir, aquello que por causalidad o casualidad se llevará a cabo.
Mis ojos siguen teniendo miedo a explorar los suyos, a explorar su alma, ya que el dulce tono de su voz adormece mi mirada y me conforma. ¡No te duermas! Acá el que no corre, vuela.
Nos escuchamos. Nos miramos. ¿Nos tocamos? El tacto sin lugar a dudas es uno de los sentidos más íntimos. Si alguno de nosotros acudiera a él sería para explicitar nuestras intenciones primeras. Aquellas que vienen disfrazadas con una máscara inofensiva como un velo a la verdad.
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